El Perdón

“No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.”

(Isaías 43:18-19)

¿Quién de nosotros no ha tenido la experiencia de haber sido ofendido de una u otra forma, dejando marcas en nuestras vidas? Para ser precisos, en este pasaje Dios nos enseña cómo debe actuar un cristiano frente a los agravios recibidos. Supongo que hablo a quien ya ha sido perdonado de los más viles pecados por Jesucristo; recordemos que no hay pecado pequeño delante de Dios.

El perdón implica soltar: un borrón y cuenta nueva. Perdonar y pedir perdón van de la mano, son inseparables, y es necesario hacerlo de corazón para que exista una sanidad completa.

Dios nos perdonó en Jesucristo de una vez y para siempre, y no se acuerda más de las ofensas cometidas contra Él. De la misma manera, espera que respondamos con ese mismo espíritu reconciliador, dejando atrás los agravios de los demás. Puede resultar difícil, pero cuando lo llevamos en oración, el Espíritu Santo actúa en nosotros sanando la memoria y el dolor.

Si tienes algo en contra de alguien, acércate y reconcíliate. Haz memoria de cuánto te perdonó Dios a ti. Sin perdón no hay paz, y sin paz no veremos al Señor; no debe quedar indicio alguno de resentimiento en el corazón donde habita el Espíritu Santo.

Cuando hay reconciliación, Dios inunda nuestro ser con una paz inefable. Si aún no has buscado el perdón divino, acércate hoy a Él, camina en su gracia y deléitate en el amor del Redentor.

Grano de Mostaza desea que la Gracia de Dios sea contigo hoy y siempre.